El fracking, o fractura hidráulica es un proceso de extracción de gas de esquisto, también conocido como gas natural, a través de cientos de perforaciones profundas (de hasta 5,000 metros) en la tierra para acceder a las acumulaciones de este material entre los poros y fisuras de rocas sedimentarias del territorio, que se extienden en un radio de entre 2 y 6 kilómetros.

La técnica consiste en inyectar millones de litros de agua a gran presión, acompañados de una serie de aditivos químicos que logran fracturar la roca y liberar el gas. Todo esto con la finalidad de utilizarlo como fuente de energía para el sustento de nuestras actividades.

Todo este proceso consume enormes cantidades de agua, Greenpeace ha calculado que se requieren entre 9,000 y 29,000 metros cúbicos de agua para las operaciones de un solo pozo.

Y por la experiencia de su aplicación en países como Canadá y Estados Unidos, sabemos que es un gran contaminante de los mantos acuíferos tanto superficiales como subterráneos, lo que puede llegar a impactar y comprometer el abastecimiento de la población, tanto en cantidad como en calidad de agua.

En México, la Reforma Energética presentada por la actual administración contempla este tipo de explotación en nuestro territorio. Cabe preguntarnos como ciudadanos ¿qué papel nos toca asumir ante esta situación? Y sobre todo, ¿por qué no apostamos por el desarrollo e implementación de tecnologías y energías renovables ante la certeza de lo que un proceso como el fracking causa en el corto plazo y también ante la incertidumbre de qué vendrá después de que se haya perforado el territorio?